El lobo hombre

El lobo hombre

Un día me mordió un hombre y mi fisonomía pasó de lobuna a humana las noches de luna llena. Como homínido hacia las cosas que se esperaban de mí, aparte de andar erguido, para espanto de mis correligionarios cuadrúpedos y selváticos. Me hurgaba la nariz frente a los semáforos en rojo, vociferaba pegado al televisor en los días de partido mientras consumía una cerveza tras otra, junto a una manada de aficionados que substituía al clan lobuno de mis días normales, de aullidos y correteos esteparios. En fin, me movía por los resquicios de un mundo desnaturalizado, propenso al estallido emocional y al colapso financiero. Mis instintos lobunos me servían de poco durante mi forma humana: tropezaba dos veces con la misma piedra, me enamoraba de la chica equivocada y acababa encapsulado en el mismo tipo de jerarquía que ocupaba mis horas de animalidad. Pues, sin que la experiencia de mi vida cuadrúpeda sirviera de escarmiento, votaba siempre al macho alfa con los belfos más enrojecidos, con los labios más manchados por la sangre derramada.

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